martes, 9 de diciembre de 2014

Divergente. Cuento

C. A partir del planteamiento que se hace, en el fragmento de la película, redacta un cuento de no más de dos cuartillas de extensión.

La prueba
Espartaco Rosales

Abro la mochila y reviso que esté lo que necesito: lápiz, calculadora, goma, plumones de colores. El profesor nos ha pedido que no olvidemos nada porque, si lo hacemos, no nos dejará hacer la prueba y, entonces, no tendremos la posibilidad de elegir qué estudiar y, en consecuencia, tampoco seremos capaces de construir nuestro futuro. Sus palabras fueron duras:

            ─No lo vean como un juego porque no lo es. Están ante su futuro.

            Me dio miedo y, otra vez, esa dificultad de respirar que me agobia cada mañana. Los demás, los chicos y chicas que forman parte de los grupos del salón no parecieron tomarlo así. Aunque no lo sé, porque no me comunico mucho con ellos. Los nerds probablemente fueron a discutir sobre otras cosas, sin importarles tanto lo que ocurrirá mañana. Los que siempre piensan en su apariencia y no les importa el estudio, saben que en realidad su vida no depende de eso, pues siempre habrá alguien que los auxilie. Los rebeldes no quieren estar allí. Para ellos el futuro es algo nebuloso, que tal vez ni existe. Y estoy yo, que no sé lo que quiero, que me siento extraño de estar aquí, que no quiero hacer la prueba porque no quiero que ahora, en este momento que vivo, cuando aún soy muy joven, se determine mi destino, mi futuro, quién seré o a dónde iré.

            Tomo la mochila y me marcho. En el camino a la escuela se ve a los grupos de chicos y chicas. Van con sus uniformes y sus máscaras. Ahora no sé decir si están o no preocupados. No puedo saberlo y no les preguntaré porque no quiero acercarme. No quiero ser yo quien rompa ese único espacio en donde ahora me siento bien, ese silencio aparente que, en realidad, me permite entenderme.

            La puerta del salón está cerrada. Todos sabemos que el profesor está adentro y que tiene la prueba. Nos formamos sin que nadie nos lo indique. Estamos condicionados y sabemos lo que tenemos qué hacer. A las ocho suena la campana. La puerta se abre. Todos van al asiento asignado, al que han ocupado durante tres años. Yo me detengo. No puedo explicarlo, pero en ese justo momento sé que mi sitio no está en la fila ni en ese asiento ni en esa escuela. Salgo de allí y corro. Mientras lo hago ya no me asfixio. Respiro por primera vez y me siento libre. El viento da en mi rostro y comprendo que empiezo a trazar mi futuro, justo en ese momento en que estoy capturando mi presente.

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